La Habitación 267
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Cualquiera puede estar en un Hospital; de visita, trabajando
o ingresado. Pero todos los que a él acuden tienen en común el desagrado que produce estar durmiendo en una de sus camas. Existe un oxigeno extraño, es un hedor vomitivo que produce una alta salivación. Es un áspero respirar. Calma en el silencio de las voces. Sequedad. Sosiego en un ambiente cargado de desesperos. Habla conmigo un ser que no ha ido a una autoescuela pero se lleva todo el día entre ruedas. “Tengo revistas, por si quiere usted. No son de las buenas pero distraen”. Le contesto que gracias, que es muy amable pero que tengo otras formas de distraerme (escribir). Tiene un corsé a su cintura y un
pijama celeste tímido con alguna que otra evidencia de almuerzo. Su silla está oxidada y su aspecto corresponde con una persona desaliñada y paciente. Da vuelta por los rincones. Lleva la boca abierta y los ojos saltones. Su blanca piel combina con la delgadez de una vida nocturna, poco deportiva y aliviada a golpes de aguja. No sé su nombre. Le llamaré Paciente. Ser paciente no dista mucho del que espera algo, una recuperación sería un buen ejemplo y la muerte otro.

Zona de enfermedades infecciosas. “Que suerte”, ironizo.
Aquí me encuentro sentado al final del pasillo. La salida de emergencia está cerrada y el paciente terminal de la silla no tuvo buena mano con la caja tonta y prácticamente todo el recinto tiene que entregar sus oídos al canal que sintoniza.

Mientras el sentido del gusto está mermado por los desinfectantes y las bacterias que mi lengua saborea, las orejas están recluidas por las ondas exclamadas de la habitación “Ay, Ay”. La vista iluminada por los fríos colores
que pintan los pasillos. A la espera, el tacto, de proteger el ataque patógeno invasor. Cerrado el olor para mantener una respiración engañada, benévola, por la boca. Todo lo triste queda obsoleto al pasar las verdes vestimentas de las
risueñas facultativas y técnicas que merodean los entornos. Al fin queda dormido, los círculos de goma descansan, mis oídos también. Acabó de emitir el aparato. Terminó el concierto. Una paz sombría camufla el transcurrir de estos
acontecimientos. Roto de nuevo el silencio por los andares presurosos de una enfermera que acude en auxilio de un pulsador. Los lugares en donde se fabrican
los muertos tienen mucha vida.

Desesperado sin saber el tiempo que debo aguardar, custodian mi cuerpo y mi salud el compromiso de malas caras llenas de luz de biblioteca. La simpatía no se compra, pero siempre gusta que se regale. Ya me queda poco aquí. Pronto marcharé. Volveré a la calle o no iré nunca más.
Quizás mis últimos momentos los tendré postrado a una camilla con cientos de aparatos haciendo lo que ya no me corresponde; vivir. Un coche portará mi féretro. Si tuve familia o amigos en vida, ellos portaran mi cuerpo hasta el
agujero de mi fin. Dicen: “Descanse en paz”, pero aquí hay tantos yacentes atrapados en su eternidad que si se levantaran no habría caminos suficientes para andar en todo el universo. Cementerio de almas. Me gustaría imaginar que me enontraré a Dios, que no será todo una oscuridad permanente apagada, como cual aparato eléctrico que, sin más, deja de funcionar. No sentiré, no veré, no respiraré, tampoco pensaré. La nada. Vacío. El final esperado. Final prometido. Gusanos comerán, transportando mis restos a la transformación de la naturaleza, ecosistema, sirviendo de abono y fósforo de lo que vuelva a nacer...

crepuzculo dijo
Buenas a todos. No entiendo el motivo de porqué la Coctelera me desordena todas las frases cuando las escribo. En ocasiones las une y en otra las separa, haciéndome nuevos párrafos. Espero que esto se solucione pronto y que os guste lo que he escrito.
7 Mayo 2007 | 01:31 AM